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CUERPOS, PASOS Y MIRADAS. XII Taller Picasso dirigido por Isabel Muñoz

11 de julio de 2007 al 14 de octubre de 2007

Escribir con la luz tomando el cuerpo humano como alfabeto es el motivo básico de esta muestra de fotografía de 17 de los fotógrafos que han asistido al taller realizado en el MACUF en el verano del 2006; una propuesta que se inscribe dentro de la pasión por la anatomía humana, como vehículo de expresión y de cultura, característica de Isabel Muñoz que ha impartido el curso. Los participantes, aunque procedentes de ámbitos dispares y la mayoría ocupados en temáticas ajenas a la del taller, han tenido, no obstante, gracias a él, la oportunidad de unificar sus esfuerzos y de aunar su visión en torno al tema propuesto: el resultado es la presencia de una exposición coherente y una demostración clara de cómo las diversas sensibilidades consiguen ilustrar el principio de la variedad en la unidad y de llevarnos a los espectadores, gracias a él, por conocidos paisajes y territorios de la piel bajo ángulos desconocidos. La muestra recoge fragmentos de gestos, pasos perdidos, dinamismos ocultos, máscaras dolientes o risueñas, difíciles equilibrios sobre la cuerda floja, orillamientos del silencio o simples ansias del alma que quedan estupefactas frente a las sombras del enigma.

Así, la luz inicial que sustenta al ser humano y con la que vive en perpetuo diálogo, esa misma luz que le permite conocer el universo en que habita, se viste de los variados ropajes que el ojo inquiridor de estos discípulos de Daguerre han descubierto con su particular enfoque: un viaje abierto y, por lo mismo, inconcluso como lo es toda tarea humana y, desde luego, toda ocupación artística, cuya meta no es llegar al horizonte, sino hacer que este se sitúe siempre un poco más lejos.

Antón García nos inicia en este periplo, como debe ser, con los pies maravillosos que teclean pasos de danza sobre las sombras de la tierra, para impulsar luego su energía a las manos que se tienden hacia el cielo; pies-raíces y manos-copas que trazan un axis mundi con el árbol de cuerpo y expresan la mística unión de lo de abajo con lo de arriba. La dimensión cósmica de la criatura humana ha sido fijada y con ella su inalienable condición de habitante de un espacio de sueños, blanca mariposa que despliega sus tules en la noche para que recojan la luz de las estrellas.

Borja Mucientes va más hondo y nos lleva a los túneles oscuros y a las cámaras vacías donde hacemos viajes de ida y vuelta, repensando nuestros pasos que se pierden sobre un silencio de goma. Es el territorio de nuestra soledad, con las frías luces artificiales maquetando nuestra vida o la boca oscura que conduce al infero, es decir, a las regiones inferiores de Plutón, donde el dios del Hades prueba el temple de nuestro espíritu; por ello, hay que ir pertrechado, como un guerrero, de los ropajes protectores.

Y es que nuestra herencia no está sólo en la superficie de la tierra, sino en sus tenebrosas entrañas.

Manuel de la Rosa nos propone un momento de reflexión: siéntate y deja descansar tu mano y deja que tu cámara se prepare para el siguiente enfoque. A veces, es necesario y bueno hacer un alto en el camino.

Con Raquel Castro, la mirada indaga cual será el próximo movimiento a realizar o hacia qué escorzada senda debemos encaminarnos; nos enseña también a tocar tierra, a palparla y a sentirla en difícil equilibrio. Unas manos que sostienen, un encuentro y un desencuentro de los cuerpos, un salto en la nada, un contorsionado caminar es lo que vemos en las fotos de Maribel Longueira. Y es que somos seres sociales, pero también portamos un incomunicable patetismo con la piel como frontera. Máscara con el grito a flor de labios o con la rosa herida del sentimiento en la punta de la boca, danza butoh con los músculos de los brazos en tensión de infinito y con la mirada extasiada en pregunta a lo incomprensible. La cámara de Yolanda Ferrer ha sabido captar con indudable belleza el ritual propiciatorio y la liturgia votiva de los ceremoniales humanos, la forma más directa y más potente de interrogar al universo.

Para Daniel Díaz todo es agua de emociones, laguna agitada donde Ofelia, herida de amor, se ahoga. Y es que , a veces, el suelo que nos sostiene se vuelve blando y permeable y el alma , atraída por la gravidez del cuerpo, es incapaz de sostener la línea de flotación. La piel puede también ser un mapa para los reconocimientos, un huerto dorado en el Edén de las anagnórisis, esas que sólo son posibles cuando Eros nos descubre su rostro amable y borra las distancias. A esa luz, el cuerpo es un tallo gozoso que se yergue en comunión solar, irradiando en las sombras. Eso es lo que Francisco Negreira ha querido transmitirnos. Alex Piñeiro ha comprendido que la mayor parte de las veces somos funámbulos que hacemos difíciles equilibrios sobre el abismo; también somos soñadores, pájaros sin alas que buscamos elevarnos sobre nuestras limitaciones y ponemos en nuestros desnudos pies un ansia celeste; el cuerpo es, entonces, una catapulta hacia la altura, un signo dibujado contra los techos del mundo.

Un desnudo, una mano levitando, un pensamiento que se reposa sobre una mano y la envolvente sombra, mudo diálogo que Conchy Filgueiras expresa con sencillez. Cabellos ondulantes, dulces líneas del rostro ensimismado y la frente: receptáculo del pensamiento, recibiendo la claridad total; el resto, sombra. Así es como Rosa Tabodada siente la belleza revelada por la luz y a la que ilustra con los versos de Constantino Cavafis. Para Xosé Guerra, con su serie Winners, siempre llevamos una máscara que él expresa, en clave de comic, con un gran sentido lúdico, con sus signos y sus gestos esenciales. Habla el niño y no hay para que ponerse trascendentes. Reencontrase con él es, tal vez, un buen ejercicio de profilaxis. Blanca Martínez indaga memorias en su propio cuerpo. Begoña Pérez señala las esquinadas esperas de mujeres que esconden sus rostros en el anonimato. Fieles servidoras de los días en sombra, de una cotidianeidad atareada que tampoco tiene rostro; son las mujeres que anhelan y emiten dobles de sí mismas, auras que corren, probablemente sin rumbo, entre las sombras. Tanteamos a ciegas en el escenario de la vida y, con frecuencia, nuestra corporeidad se desdibuja y pierde sus perfiles, sólo somos una mano que se tiende o que se agita en el aire vacío, una pregunta sin respuesta. Es lo que creemos intuir en las fotos de Paula Mariño y de Carmela García. Este viaje ha tocado a su fin, pero la luz sigue ahí, tercamente llamándonos para nuevas singladuras.

Ánxeles Penas

 

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