ACTIVIDADES CULTURALES/ Congreso
En la víspera de la síntesis newtoniana, John Donne lloraba al
cosmos aristotélico destruido por Copérnico:
“La nueva filosofía pone todo en duda. El elemento del fuego está
totalmente perdido, el sol esta perdido y la tierra también, y ningún
hombre sabe dónde buscarlo. Y los hombres proclaman sin reparo
que este mundo está agotado cuando buscan tantas novedades en
los planetas y en el firmamento, y ven entonces que todo está de
nuevo pulverizado en átomos, todo está destrozado, ya no hay
coherencia”.
John Donne. An Anatomy of the World, 1611.
En los trozos esparcidos y los bloques disjuntos que constituyen
hoy nuestra cultura, se descubre, como en la época de Donne,
la posibilidad de una nueva coherencia. La ciencia clásica, la
ciencia mítica de un mundo simple y pasivo, está muriendo,
matada no por la crítica filosófica, no por la resignación
empirística, sino por su propio desarrollo.
La ciencia de hoy escapa al mito newtoniano, porque ha concluido
teóricamente en la imposibilidad de reducir la naturaleza a la
escondida simplicidad de una realidad regida por leyes
universales. La ciencia de hoy no puede ya adjudicarse el derecho
de negar la pertenencia y el interés de otros puntos de vista, de
negarse en particular a escuchar los de las ciencias humanas
de la filosofía y del arte.
Pensamos que con la ciencia transformada, el diálogo cultural
es de nuevo posible e, inseparablemente, que una nueva alianza
puede formarse con la naturaleza en el porvenir de la cual
participan el juego experimental y la aventura exploradora de
la ciencia. Desde luego, esto no es más que una posibilidad. Si
la ciencia misma invita hoy al científico a la inteligencia y a la
apertura, si las coartadas teóricas al dogmatismo y al desprecio
han desaparecido, queda todavía la labor concreta, política y
social, de crear los circuitos de una nueva cultura. Y en esta
labor no sobran las experiencias acumuladas por la literatura,
arte, filosofía, mística… Unas humanidades liberadas de sus
torres de marfil y unas ciencias liberadas de la arrogancia
reduccionista tienen mucho que compartir y concretar, en un
mundo que para nada parecerá ya una máquina.
Alejandro Pérez Ochoa
