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I ENCUENTRO "ARTE, CIENCIA Y MÍSTICA"

16 y 17 de marzo de 2007

En la víspera de la síntesis newtoniana, John Donne lloraba al cosmos aristotélico destruido por Copérnico:

La nueva filosofía pone todo en duda. El elemento del fuego está totalmente perdido, el sol esta perdido y la tierra también, y ningún hombre sabe dónde buscarlo. Y los hombres proclaman sin reparo que este mundo está agotado cuando buscan tantas novedades en los planetas y en el firmamento, y ven entonces que todo está de nuevo pulverizado en átomos, todo está destrozado, ya no hay coherencia”.

John Donne. An Anatomy of the World, 1611.



En los trozos esparcidos y los bloques disjuntos que constituyen hoy nuestra cultura, se descubre, como en la época de Donne, la posibilidad de una nueva coherencia. La ciencia clásica, la ciencia mítica de un mundo simple y pasivo, está muriendo, matada no por la crítica filosófica, no por la resignación empirística, sino por su propio desarrollo.
La ciencia de hoy escapa al mito newtoniano, porque ha concluido teóricamente en la imposibilidad de reducir la naturaleza a la
escondida simplicidad de una realidad regida por leyes universales. La ciencia de hoy no puede ya adjudicarse el derecho de negar la pertenencia y el interés de otros puntos de vista, de negarse en particular a escuchar los de las ciencias humanas de la filosofía y del arte.
Pensamos que con la ciencia transformada, el diálogo cultural es de nuevo posible e, inseparablemente, que una nueva alianza puede formarse con la naturaleza en el porvenir de la cual participan el juego experimental y la aventura exploradora de la ciencia. Desde luego, esto no es más que una posibilidad. Si la ciencia misma invita hoy al científico a la inteligencia y a la apertura, si las coartadas teóricas al dogmatismo y al desprecio han desaparecido, queda todavía la labor concreta, política y social, de crear los circuitos de una nueva cultura. Y en esta labor no sobran las experiencias acumuladas por la literatura, arte, filosofía, mística… Unas humanidades liberadas de sus torres de marfil y unas ciencias liberadas de la arrogancia reduccionista tienen mucho que compartir y concretar, en un mundo que para nada parecerá ya una máquina.

Alejandro Pérez Ochoa



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